
Imagen: Inteligencia artificial (IA)
Carta Global
La Inteligencia Artificial: efectos económicos y financieros
Dr. Santos López Leyva
1 de septiembre de 2026
La Inteligencia Artificial (IA) surgió como campo de investigación en la década de 1950, pero necesitó de avances posteriores en otras áreas del conocimiento y la tecnología para alcanzar su actual grado de desarrollo. El aumento de la capacidad de cómputo, el desarrollo de semiconductores cada vez más avanzados, la disponibilidad de enormes cantidades de datos y el perfeccionamiento de los algoritmos hicieron posible que, a partir de 2022, la IA generativa irrumpiera con fuerza en la sociedad. La Carta Global anterior abordó cuestiones generales de esta tecnología de propósito general con elevado potencial disruptivo. En la presente entrega se revisan algunas de sus principales transformaciones económicas y financieras.
Lo primero que debe señalarse son sus posibles efectos sobre la productividad total de los factores y, particularmente, sobre la productividad del trabajo. La IA está transformando los puestos de trabajo y las habilidades necesarias para desempeñarlos. En el empleo se presentan fenómenos de desplazamiento y compensación asociados al cambio tecnológico, estudiados desde David Ricardo y posteriormente incorporados a la tradición schumpeteriana de la destrucción creativa. Schumpeter, en Capitalismo, socialismo y democracia, señaló que el capitalismo transforma continuamente sus estructuras productivas mediante la innovación. Las nuevas tecnologías destruyen determinados empleos, transforman otros y crean nuevas ocupaciones, para las cuales se requieren habilidades diferentes. Se produce así una depreciación de ciertas capacidades laborales, al mismo tiempo que surgen nuevas necesidades de capacitación, cambios en el mercado de trabajo y modificaciones en la estructura salarial.
Por el lado del capital, el desarrollo de la IA requiere enormes inversiones, genera economías de escala y puede favorecer la concentración empresarial. Esta tecnología se encuentra principalmente en grandes corporaciones que disponen de elevados volúmenes de capital, grandes centros de datos, semiconductores avanzados, suministro constante y seguro de electricidad y, sobre todo, capital humano altamente especializado. La desigual disponibilidad de estos factores puede generar y profundizar procesos de divergencia entre los países en desarrollo y las economías avanzadas. Asimismo, la concentración de las tecnologías de IA en pocas empresas puede exacerbar las diferencias en productividad y competitividad.
La IA también está transformando los servicios financieros. Facilita el manejo de recursos y cuentas bancarias, el otorgamiento de créditos y la administración de portafolios; permite mayor rapidez y precisión en la evaluación de riesgos y en la definición del perfil de los usuarios, y acelera los procesos de automatización bancaria. A estos beneficios se agregan nuevos riesgos relacionados con la seguridad, los sesgos de los algoritmos y la creciente dependencia de sistemas automatizados para la toma de decisiones financieras.
Otro fenómeno ha sido el impacto de la IA sobre los mercados bursátiles. A partir de 2022, las empresas relacionadas con semiconductores, centros de datos, servicios en la nube y software asociado a la IA recibieron valoraciones cada vez más elevadas. Entre noviembre de 2022 y 2025, las llamadas “Siete Magníficas” pasaron de representar aproximadamente el 20% de la capitalización del S&P 500 a cerca del 35%. Esta creciente concentración obliga a prestar atención a los riesgos que una corrección de las cotizaciones podría generar sobre el conjunto del mercado financiero.
Para ilustrar este fenómeno puede observarse el comportamiento de Nvidia. No se trata de una empresa nueva: tiene más de 25 años cotizando en bolsa. Sin embargo, se convirtió en una de las compañías emblemáticas de la revolución de la IA debido a la importancia de sus procesadores en el entrenamiento y operación de modelos. En los tres años previos a agosto de 2026, sus acciones acumularon un incremento superior al 1,000%. Este extraordinario crecimiento refleja tanto las expectativas de los inversionistas sobre el futuro de la IA como el rápido aumento de los ingresos y beneficios de la compañía.
Las expectativas sobre las posibilidades futuras de esta tecnología provocaron fuertes incrementos en las cotizaciones de numerosas empresas vinculadas con ella. El entusiasmo de los inversionistas llevó, en algunos casos, las valoraciones bursátiles a niveles elevados, alimentando el debate acerca de una posible burbuja asociada a la IA. Sin embargo, a diferencia de la crisis de las empresas puntocom del año 2000, varias de las compañías que lideran la actual revolución tecnológica presentan elevados ingresos, utilidades y flujos de efectivo. El riesgo quizá no radique en que la Inteligencia Artificial carezca de valor económico, sino en que los mercados hayan anticipado demasiado rápidamente una parte de los beneficios que esta tecnología podría generar en el futuro.
Al revisar las posibles implicaciones para América Latina, estas nuevas tecnologías representan una gran oportunidad para mejorar la productividad, transformar las condiciones de trabajo y elevar los niveles de bienestar. Sin embargo, también pueden introducir nuevas brechas respecto de los países desarrollados debido a la baja inversión en investigación y desarrollo, el rezago en la transformación digital, la escasez de capital humano especializado, la dependencia tecnológica y las limitadas capacidades empresariales para adoptar estas tecnologías.
La Inteligencia Artificial abre así una nueva etapa de transformación económica. Sus beneficios en productividad, crecimiento e innovación pueden ser considerables, pero no se distribuirán automáticamente entre empresas, trabajadores y países. Para América Latina, el desafío no consiste únicamente en utilizar la IA, sino en desarrollar las capacidades científicas, tecnológicas, educativas y empresariales necesarias para apropiarse de sus beneficios. De no hacerlo, una tecnología capaz de reducir brechas de productividad podría terminar, paradójicamente, profundizando las diferencias entre las economías desarrolladas y las economías de la región.
