
Carta Global
La alimentación en el mundo
Dr. Santos López Leyva
1 de agosto de 2026
Recientemente se publicó el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026, elaborado conjuntamente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos y la Organización Mundial de la Salud. El documento destaca que, a pesar de los avances registrados después de la pandemia de COVID-19, los niveles de hambre e inseguridad alimentaria permanecen por encima de los observados en 2015. El propósito no consiste solamente en garantizar que los alimentos sean suficientes, sino también en que sean nutritivos y permitan a la población mantener una dieta saludable, caracterizada por ser adecuada, equilibrada, diversa y moderada.
Las estimaciones correspondientes a 2025 confirman una mejora gradual y sostenida a partir de 2022. Alrededor de 645 millones de personas, equivalentes al 7.8% de la población mundial, padecieron hambre durante 2025. Esta proporción representa una disminución respecto de 2022, cuando el indicador alcanzó aproximadamente el 8.6%. Sin embargo, las diferencias regionales continúan siendo muy marcadas: una de cada cinco personas padeció hambre en África, mientras que la proporción fue de alrededor del 6% en Asia, 4.8% en América Latina y el Caribe y menos de 2.5% en Europa.
El informe también examina la inseguridad alimentaria moderada o grave. La primera se presenta cuando existe incertidumbre acerca de la capacidad de obtener alimentos y las personas comienzan a reducir la calidad o variedad de su dieta. En la inseguridad alimentaria grave, además de comprometerse la calidad, disminuye la cantidad de alimentos consumidos e incluso pueden transcurrir uno o varios días sin comer. En 2025, el 25.8% de la población mundial, aproximadamente 2,100 millones de personas, se encontraba en alguna de estas dos condiciones. Aunque representa una disminución respecto de 2020, cuando el indicador alcanzó el 28.7%, continúa siendo una proporción considerable de la humanidad.
Una de las principales dificultades para alcanzar una alimentación adecuada es el elevado costo de los alimentos nutritivos. El costo promedio mundial de una dieta saludable pasó de alrededor de 3.44 dólares de paridad de poder adquisitivo por persona al día en 2021 a 4.28 dólares en 2025, lo que representa un incremento cercano al 24.4%. El costo fue todavía mayor en América Latina y el Caribe, donde alcanzó 4.91 dólares diarios, frente a 4.35 dólares en África, 4.33 en Asia y 3.64 dólares en América del Norte, Europa y Oceanía.
Resulta paradójico que América Latina y el Caribe, una de las principales regiones productoras y exportadoras de alimentos, registre el costo más elevado de una dieta saludable. Esta situación se explica, en parte, por las deficiencias en infraestructura, las dificultades logísticas, las pérdidas posteriores a la cosecha, la insuficiencia de las cadenas de refrigeración y los elevados costos de almacenamiento, transporte y distribución. Se estima que entre el 70% y el 75% del precio que paga el consumidor se genera después de que los alimentos abandonan la unidad de producción. Por ello, las políticas públicas no deben concentrarse únicamente en aumentar la producción agrícola, sino también en reducir los costos de transacción a lo largo de las cadenas agroalimentarias.
El escenario se ha complicado durante 2026 debido al conflicto en el Golfo Pérsico. Las hostilidades entre Estados Unidos e Irán han generado inestabilidad en los mercados energéticos y han elevado los riesgos para la navegación por el estrecho de Ormuz, ruta por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Durante julio, el precio del petróleo Brent llegó a superar los 90 dólares por barril.
El encarecimiento del petróleo eleva los costos del transporte marítimo y terrestre, así como los gastos asociados con la producción, conservación, refrigeración y distribución de alimentos. Por tanto, los efectos de la guerra no se limitan al mercado energético: terminan trasladándose a los precios de los productos agrícolas y a la canasta alimentaria de los hogares.
La agricultura moderna también depende intensamente del gas natural para la producción de fertilizantes nitrogenados, especialmente amoniaco y urea. Además, utiliza combustibles, maquinaria agrícola, sistemas de riego, transporte y tecnologías que requieren energía. Estos insumos se encarecen como consecuencia de los conflictos bélicos, los fenómenos naturales extremos, las interrupciones de las cadenas de suministro y la instrumentación de políticas comerciales restrictivas. Los aumentos en el precio de los fertilizantes pueden llevar a los agricultores a reducir su utilización, lo que posteriormente afecta los rendimientos y la oferta de alimentos.
Manuel Sánchez-Montero, director general de Acción contra el Hambre en España, señaló en su artículo: “Las tres claves para entender el hambre del siglo XXI”, publicado por El País el 28 de julio de 2026, que el análisis del hambre mundial debe considerar tres ideas principales: primero, el progreso es posible, pero no avanza al mismo ritmo en todas las regiones; segundo, el problema debe abordarse más allá de una perspectiva exclusivamente humanitaria; y tercero, el reto alimentario actual consiste en atender no solamente a quienes padecen hambre, sino también a quienes no pueden costear una dieta saludable y nutritiva.
Respecto de la primera idea, los datos muestran que el hambre no se distribuye de manera uniforme. África concentra la situación más grave: uno de cada cinco habitantes padece hambre y más de la mitad de su población experimenta inseguridad alimentaria moderada o grave. A ello se agrega que el 66.6% de los africanos no puede costear una dieta saludable.
Combatir el hambre tampoco debe concebirse únicamente como una acción humanitaria de emergencia. Se requieren programas de inversión destinados a fortalecer la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición, impulsar la agricultura sostenible, ampliar la infraestructura rural, reducir las desigualdades y construir condiciones de prosperidad a largo plazo. Los países deben formular estrategias propias, particularmente ante la disminución de los recursos externos, como se señaló en la Carta Global del 27 de abril de 2026, titulada “Una mala noticia: caída de la ayuda internacional al desarrollo”.
En la actualidad, millones de personas consiguen alimentos todos los días, pero no necesariamente se alimentan bien. Llenan sus platos y satisfacen momentáneamente el hambre, pero no incorporan los nutrientes suficientes provenientes de frutas, verduras, cereales integrales, leguminosas y proteínas de calidad. El desafío contemporáneo no consiste únicamente en evitar que las personas pasen hambre, sino en garantizar que puedan acceder de manera permanente a una dieta saludable.
La seguridad alimentaria no se alcanza solamente produciendo más alimentos, sino asegurando que estos sean nutritivos, accesibles y asequibles para toda la población. Para lograrlo se requiere invertir en infraestructura rural, cadenas de refrigeración, almacenamiento, transporte, investigación agrícola y protección social. En un mundo afectado por guerras, fenómenos climáticos extremos y crecientes restricciones comerciales, garantizar una dieta saludable debe entenderse como una responsabilidad pública y una inversión estratégica. El hambre puede disminuir, pero el verdadero progreso llegará cuando ninguna persona tenga que elegir entre comer lo suficiente y alimentarse adecuadamente.
